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Inventario

Una cabeza llena de recuerdos
domingos “melalcohólicos”,
resacas de otras playas
arena, naufragio, botellas, mensajes
hojas de árboles en otoño,
libros con hojas en cualquier estación
una ventana abierta
la memoria de tu sexo
desde arriba y desde abajo
la luz tenue de una habitación
las tardes en que se marcha un tren
tu sonrisa en el lago
mi cama y la música de Cinema Paradiso
el metro cuando te lleva a algún lugar
o a ninguna parte
las bicicletas, que no son solo para el verano
la soledad de un reloj sin pilas
lo inútil de las horas
tu vida
y la mía,
entre paréntesis.

Comentarios

ro ha dicho que…
ohh! me encanta el final! y ya sabes lo crítica que soy con tus finales. y por supuesto, ese melalcohólicos, que es fantástico.
por aquí, mañana de pijama, cerca de la estufa, preparando un desayuno tardío, y decidiendo qué libro empiezo mañana en el metro camino del trabajo.
Alfonso C. Cobo Espejo ha dicho que…
Cuánto me alegro de que a una de mis lectoras preferidas le guste el final. Te recomiendo un libro que descubrí aquí en Vietnam: "El libro del amor esquivo", de Rubén Abella (muy bueno para los que hemos vivido por Madrid). A él también lo conocí personalmente aquí. Un tipo estupendo. Un beso grande.
QuietBrown ha dicho que…
Me sientan fatal los domingos, lo único bueno que tienen son poesías como ésta =D
Además, hoy me he 'encontrado' con Pedro Salinas, que hacía mucho que no releía, para oscilar entre vuestros versos.
Y qué puñeteros pueden llegar a ser los paréntesis...
Alfonso C. Cobo Espejo ha dicho que…
Si sirve un poema para suavizar un domingo, más que bienvenido sea. Y que sea la voz a ti debida, QuietBrown. Un abrazo hanoiano.

Entradas populares de este blog

El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.

Mañana iremos todos juntos a comer croquetas

Estaba en Madrid. Tenía un trabajo bonito y mal pagado. Vivía rodeado de libros, de viejas y de nuevas historias. Esa tarde era un parque y primavera. Una llamada cerró el parque y nubló el cielo. No quiero escribir aquí sobre las lágrimas que recorrieron aquel trayecto de vuelta a casa. Me niego.

Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

Han pasado seis años y tu río no se seca porque siempre llueves, abuela.

Me gustaría mucho decirte que soy feliz y que mañana, después de misa con zapatos nuevos, iremos todos juntos a comer croquetas.





Tarde de frío

El domingo tirita
cuando se hace de noche
y sabe que su tiempo aquí se acaba.

Bicicletas de invierno
reclaman su condición de juguete de verano
y las manos en el manillar
suplican guantes a Dios.

La lluvia
se presenta en la escena
sin tarjeta de invitación.
La dejan pasar
a pesar de eso.

No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.