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Mostrando entradas de julio, 2006

Diario de un becario explotado

Me propuse esta madrugada empezar una sección nueva, quizás carezca de valor literario, pero sí tratará de ser un poco más real y, también refleja, aunque de otra forma, mis sentimientos (en este caso de rabia e impotencia). Este es mi tercer año como becario (entre medias, logré ser una vez algo parecido a un redactor). El último mono, que le llaman. Bueno, el último para el sueldo sobre todo. Un sueldo de becario, cuando existen (que, encima tendría que dar las gracias por lo afortunadísimo que soy), es como los M&Ms (sí, las chocolatinas), se derriten en tus manos. Son irrisorios. Hoy llegó la mensualidad de mi primer medio mes este verano: 102, 9 euros. Creo que puedo poner la primera letra de mi hipoteca, ¿verdad? Sé que estoy empezando, que no soy Larra, ni mucho menos lo pretendo. Sin embargo, un sueldo de este tipo sirve, más que para animarte, para todo lo contrario. Pensar que en los días que trabajé no llegaba a ganar 11 euros al día. A mí me gusta escribir, me encanta,…

Biografía de un hombre con miedo

El rostro de la felicidad esquiva, lidiando con la realidad. Azares, desencuentros, viajes inciertos. Los pecados de Eva son caricaturas
que mirar con la lupa de los sentimientos. El corazón se muestra ahora insuficiente y una mirada se convierte en un vastísimo territorio.

En la parte trasera

Qué hay detrás del giro de una estrella:
quizás el pensamiento del otro,
de ese que está lejos

Qué hay detrás del espejo roto:
quizás siguen los aleteos de una mariposa
que resiste a la primavera

Qué hay detrás de esas cuatro paredes:
quizás tú espíritu
y la lava blanca del volcán

Qué hay detrás de tu sonrisa:
quizás se esconde el tamaño del mundo
que cabe en tu pequeño bote de perfume

Viaje por la Costa Azul

Ella entró acompañada y se sentó con su amigo más fiel. Tras acomodarse en el tren, empezó a leer un libro. Mientras, por la ventana, la Costa Azul se despedía a nuestros pies tras unos días disfrutando de su ambiente casi veraniego. Fue entonces cuando yo empecé a pensar en la suerte que tenía de disfrutar de ese paisaje con toda su intensidad: con la vista, con el olfato, con el tacto. Cómo sentiría ella un día de playa, un paseo al anochecer por el Viejo Puerto de Marsella. Cómo sentiría ella una visita al paraíso perdido de Les Calanques, en lo más profundo de la naturaleza marsellesa. Sí, me preguntaba cómo dibujaría ella en su mente todas esas cosas y, al ver su cara de felicidad, sabía que podía sentir casi como yo las cascadas en el parque de Niza, el susurro de las olas en sus playas repletas de piedras, el murmullo de la gente en las calles del Vieux Nice, los besos escondidos de dos enamorados. Ella podía oler el pescado fresco del mercado o saborear un helado tras un almue…