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Lo que te escribí cuando tú ya no estabas

En el laberinto de los álamos,
en las entrañas de una adivinanza,
entre las sábanas de unos versos
mal arropados por el invierno
en la cima de una obsesión,
en lo más profundo de un recuerdo,
en Kamchatka,
sensible -como tú-
a los temblores.

Allí y en otros mapas mudos
buscarás lo que te escribí
cuando tú ya no estabas.

Comentarios

ro ha dicho que…
sensible, como tú, a los temblores...

últimamente creo que somos sensibles a todo, todo el rato.

en ese punto, cuando el cabreo, la frustración o la injusticia fluyen... intento desarmarme, descomponer el alrededor para deshacerme de todo lo que sobra y descubrir -con respiro de alivio y media sonrisa- que la esencia sigue ahí.

sencilla, básica, fundamental. los pilares de mi felicidad sobreviven pese a mi empeño en colocarles cosas encima, sin diseño ni urbanismo.

entonces, con serenidad de las que hacen sonreir por dentro, de tú a tú contigo mismo,
doy otro sorbo a mi café dejándome caer aún más en la tumbona,
echo un vistazo a la nueva rosa que me regala mi rosal,
y vuelvo a bucear en mi libro mientras la brisa juega con mis últimos vestidos de verano
(prometiéndome -sin mucha esperanza de éxito- no volver a leer el periódico, ni abrir cartas del banco, ni hacer listas de cosas pendientes, ni pensar en incertidumbres laborales...al menos, si no es para dejarnos llevar por la nostalgia delante de un café compartido).

besos desde tu casa de sevilla

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El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.

Mañana iremos todos juntos a comer croquetas

Estaba en Madrid. Tenía un trabajo bonito y mal pagado. Vivía rodeado de libros, de viejas y de nuevas historias. Esa tarde era un parque y primavera. Una llamada cerró el parque y nubló el cielo. No quiero escribir aquí sobre las lágrimas que recorrieron aquel trayecto de vuelta a casa. Me niego.

Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

Han pasado seis años y tu río no se seca porque siempre llueves, abuela.

Me gustaría mucho decirte que soy feliz y que mañana, después de misa con zapatos nuevos, iremos todos juntos a comer croquetas.





Tarde de frío

El domingo tirita
cuando se hace de noche
y sabe que su tiempo aquí se acaba.

Bicicletas de invierno
reclaman su condición de juguete de verano
y las manos en el manillar
suplican guantes a Dios.

La lluvia
se presenta en la escena
sin tarjeta de invitación.
La dejan pasar
a pesar de eso.

No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.