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La fábrica



Son casi las cinco de la madrugada,
tengo 28 años y acabo de desvelarme en Hanoi.
Sí, vivo en Vietnam
¿quién me lo iba a decir
cuando aún no sabía pronunciar palabras,
cuando merendaba pan con chocolate?
Todavía me trabo algunas veces,
Todavía como pan con chocolate.

Pero no quiero perderme,
son las cinco menos cinco de la madrugada
tengo 28 y estoy desvelado en Hanoi
y me he encontrado con una fotografía
de algo que ya no es físicamente,
pero que fue, ha sido y es muchas cosas
sentimental, biográficamente.
Dudo si volver a la cama, pero vence el impulso
del recuerdo en mi cabeza,
y la nostalgia de la infancia revoluciona mis dedos
sobre el teclado.

Rescato otra fotografía para cicatrizar
las ruinas de la otra instantánea que acabo de descubrir.
En ella hay una niña y un niño.
Son rubios e ingenuos. Están creciendo,
descubriendo los primeros secretos de la vida.
Les rodean las bolsas de la compra
-probablemente de su abuelo tras ir al mercado-,
una bicicleta orbea azul y un triciclo rojo y blanco.

Es la fábrica de aceite donde vivían mis abuelos,
un lugar mágico donde llegábamos algunos viernes por la noche
o quizás el sábado por la mañana,
nuestro mar de los veranos de la infancia
de Córdoba a Torreperogil.

Es verdad que uno no debe aferrarse a lo material,
pero es inevitable emocionarse cuando ve un lugar
-que fue parte de su vida- en ruinas.
Queda la memoria a salvo de los escombros.
El Seat 127 azul aparcado a la entrada,
¡abuelos, ya hemos llegado!
El miedo a la bruja que vive enfrente,
-cómete todo si no quieres que venga a por ti-
nos decía la abuela.
Podría jurar a cualquiera que la vi,
oscura y tenebrosa,
asomada a la ventana varias veces.
La inocencia, la imaginación,
tesoros que se van perdiendo.
Los pequeños gorriones
que perecían víctima de las alturas y los gatos
porque no sabían o no podían aferrarse a los tejados.
Los tambores de juguete,
las carreras en el patio,
una radio antigua donde se escuchaban emisoras
¡alemanas y rusas!
Miguelito y otros juguetes de mi hermana
que murieron un día devorados por ratones.
Nuestra piscina olímpica de plástico
en la terraza.
La felicidad y tantas otras cosas
que me olvido aquí,
pero que en realidad siempre recuerdo.

Son las cinco y veinticuatro de la madrugada,
tengo 28 años y vivo en Hanoi.
Me marcho a dormir.

Comentarios

Pedrajas ha dicho que…
Son las once y treinta y cinco de la noche.
Tengo 27 años y vivo en Sevilla.
Recuerdos más recientes recorren por mi,
entre ellos, un amigo con una sensibilidad exquisita.

Da gusto leerte, abrazo.
Rodolfo Serrano ha dicho que…
Son las 9,20 de la mañana, tengo 64 años y vivo en Madrid... También recuerdo tantas cosas...
RAZHEL ha dicho que…
las 18h57, jajajaja noi
un atun tremendo, conociendo el anzuelo, saben finas hasta las espinas...
JOAN ha dicho que…
Pues en Barcelona ahora van a ser las 13.30 del mediodia... y me has asaltado con un listado de cosas, con un mundo, con un recuerdo tan íntimo q podría también ser el mío, con cada adaptación...

Nunca se debe dejar morir el recuerdo de la infancia, quizá sea la cuerda q nos mantenga con vida.

Un abrazo!!
Alfonso C. Cobo Espejo ha dicho que…
Son las 19.31 horas. Mis minutos siguen pasando en Hanoi y vuestras palabras, antídotos para los escombros.
Pedrajas ha dicho que…
Déjate de melancolías cojone!!!! disfruta de aquello...

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Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

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No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.