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Nueve meses (o autobiografía incompleta de 27 otoños)

Supongo que sería septiembre
cuando entré a vivir allí.
Era una habitación cálida
y acogedora.
Aunque silenciosa,
a veces tenía la sensación
de que se movía y,
aunque esto no lo recuerdo bien,
creo que fue el primer lugar
donde sentí una caricia.
No tenía ventanas,
y había poca luz.
Esta primera oscuridad
se vio compensada con una
alimentación rica y abundante
que llegaba puntualmente
en diferentes momentos del día
o de la noche
cuando yo aún no sabía qué era el día
ni qué era la noche.
No había facturas ni contratos,
no había preocupaciones.
¿Qué más podía pedir?
me preguntaba ahí dentro
cuando desconocía aún el poder de las palabras,
el significado de una letra
sumada a otra,
cuando aún no intuía todo lo que fuera había:
lo bueno y lo malo,
lo ingenuo, lo perverso, lo bello,
mi verdad, tu mentira,
tus sonrisas, los colores,
el sol, tu lluvia, nuestros besos,
mis trenes, los aviones,
mi amor, tu desamor,
las canciones, las páginas de un libro,
nuestras promesas,
mi nostalgia y tu melancolía,
el olvido y tu recuerdo,
nuestras montañas rusas
subidas y bajadas,
los viajes que no haremos,
los sueños, tus lágrimas,
mis voces, tu eco,
tu alegría, mi alergia,
la paz y tu guerra,
el mar, tus vientos, las sábanas,
los puntos suspensivos
...

Comentarios

ro ha dicho que…
ves, este final, que también es el principio, me encanta!
oye, mil gracias por cuidar de mi hemana.
beso gordo!
Alfonso C. Cobo Espejo ha dicho que…
C´est toujours un plaisir, ma chérie Ro. Y me alegro que te guste este poema con final abierto...

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El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.

Mañana iremos todos juntos a comer croquetas

Estaba en Madrid. Tenía un trabajo bonito y mal pagado. Vivía rodeado de libros, de viejas y de nuevas historias. Esa tarde era un parque y primavera. Una llamada cerró el parque y nubló el cielo. No quiero escribir aquí sobre las lágrimas que recorrieron aquel trayecto de vuelta a casa. Me niego.

Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

Han pasado seis años y tu río no se seca porque siempre llueves, abuela.

Me gustaría mucho decirte que soy feliz y que mañana, después de misa con zapatos nuevos, iremos todos juntos a comer croquetas.





Tarde de frío

El domingo tirita
cuando se hace de noche
y sabe que su tiempo aquí se acaba.

Bicicletas de invierno
reclaman su condición de juguete de verano
y las manos en el manillar
suplican guantes a Dios.

La lluvia
se presenta en la escena
sin tarjeta de invitación.
La dejan pasar
a pesar de eso.

No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.