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Nueve meses (o autobiografía incompleta de 27 otoños)

Supongo que sería septiembre
cuando entré a vivir allí.
Era una habitación cálida
y acogedora.
Aunque silenciosa,
a veces tenía la sensación
de que se movía y,
aunque esto no lo recuerdo bien,
creo que fue el primer lugar
donde sentí una caricia.
No tenía ventanas,
y había poca luz.
Esta primera oscuridad
se vio compensada con una
alimentación rica y abundante
que llegaba puntualmente
en diferentes momentos del día
o de la noche
cuando yo aún no sabía qué era el día
ni qué era la noche.
No había facturas ni contratos,
no había preocupaciones.
¿Qué más podía pedir?
me preguntaba ahí dentro
cuando desconocía aún el poder de las palabras,
el significado de una letra
sumada a otra,
cuando aún no intuía todo lo que fuera había:
lo bueno y lo malo,
lo ingenuo, lo perverso, lo bello,
mi verdad, tu mentira,
tus sonrisas, los colores,
el sol, tu lluvia, nuestros besos,
mis trenes, los aviones,
mi amor, tu desamor,
las canciones, las páginas de un libro,
nuestras promesas,
mi nostalgia y tu melancolía,
el olvido y tu recuerdo,
nuestras montañas rusas
subidas y bajadas,
los viajes que no haremos,
los sueños, tus lágrimas,
mis voces, tu eco,
tu alegría, mi alergia,
la paz y tu guerra,
el mar, tus vientos, las sábanas,
los puntos suspensivos
...

Comentarios

ro ha dicho que…
ves, este final, que también es el principio, me encanta!
oye, mil gracias por cuidar de mi hemana.
beso gordo!
Alfonso C. Cobo Espejo ha dicho que…
C´est toujours un plaisir, ma chérie Ro. Y me alegro que te guste este poema con final abierto...

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Veo en un pequeño recuadro
que ahora eres amiga de
Brian y Marcella
y que a las nueve de este otoño
irás a beber melancolía
de once grados con Luis.

Descubro que te gusta
pisar los charcos
cuando llueve
y que detestas los inviernos
en abril.

Aunque ya no hablo contigo,
conozco tu ciudad actual
y recuerdo cuál fue tu origen,
que cumples años en diciembre
y te gusta prender fuego
al calendario si te arrastra
la nostalgia en primavera.

Últimamente has viajado a Lisboa,
intuyo que te mecen los tranvías
y te seducen los viejos cafés
color sepia.
Lo sé por tu fotografía
en aquella calle de Bruselas,
donde Magritte fumaba en pipa dorada.

Sueles cambiar de cara a menudo,
me divierten tus gafas de sol
en noviembre
y disfruto con tu colección de sonrisas
o el último vestido azul
que guardas en tu perfil.

Vuelves a estar soltera,
aunque te acompañan ciento veinte
comentarios por debajo
dándote ánimos
y diciendo que él era un idiota.

Aún tiritas cuando alguien te habla
del pasado.
Por eso has borrado mi felicitación
de cumpleaños
y ha…

Trece febreros y dos días

Han pasado trece febreros.
Trece febreros y dos días.
El invierno era entonces distinto.
Más largo,
más frío.
Yo era un joven de secano
que buscaba mensajes en el mar.
Hoy,
trece febreros y dos días después
sé que no hay guaridas para náufragos
y que no hay náufrago
que no busque,
alguna vez,
una guarida.

El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.