Supongo que sería septiembre cuando entré a vivir allí. Era una habitación cálida y acogedora. Aunque silenciosa, a veces tenía la sensación de que se movía y, aunque esto no lo recuerdo bien, creo que fue el primer lugar donde sentí una caricia. No tenía ventanas, y había poca luz. Esta primera oscuridad se vio compensada con una alimentación rica y abundante que llegaba puntualmente en diferentes momentos del día o de la noche cuando yo aún no sabía qué era el día ni qué era la noche. No había facturas ni contratos, no había preocupaciones. ¿Qué más podía pedir? me preguntaba ahí dentro cuando desconocía aún el poder de las palabras, el significado de una letra sumada a otra, cuando aún no intuía todo lo que fuera había: lo bueno y lo malo, lo ingenuo, lo perverso, lo bello, mi verdad, tu mentira, tus sonrisas, los colores, el sol, tu lluvia, nuestros besos, mis trenes, los aviones, mi amor, tu desamor, las canciones, las páginas de un libro, nuestras promesas, mi nostalgia y tu mel...