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Volver a empezar

Instrucciones de lectura: este texto sólo puede leerse escuchando simultáneamente la canción "Canon" de Johann Pachelbel.

La música del violín consiguió aislarme de la avalancha de gente que invadía -como hormigas hambrientas- los túneles del metro. Iban a Sol, a arder con el fuego que desprenden las Visas y las 4B. Yo, seguramente, era una hormiga más dispuesta a quemarme. El violín lo tocaba un anciano. Acariciaba el instrumento. Lo amaba. Se podía intuir en sus ojos y en cómo movía su cuello y sus brazos al tocarlo. A su lado, había una anciana. Sentada en un arriesgado taburete, ella acariciaba al anciano. Lo amaba. Lo tocaba -sin tocarlo- con una sonrisa de fidelidad muy bien afinada.

Todo esto ocurrió en apenas un minuto. Luego, volver a empezar.

Comentarios

Miguel Cobo ha dicho que…
Directo al corazón, mon fils: Touché!

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El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.

Mañana iremos todos juntos a comer croquetas

Estaba en Madrid. Tenía un trabajo bonito y mal pagado. Vivía rodeado de libros, de viejas y de nuevas historias. Esa tarde era un parque y primavera. Una llamada cerró el parque y nubló el cielo. No quiero escribir aquí sobre las lágrimas que recorrieron aquel trayecto de vuelta a casa. Me niego.

Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

Han pasado seis años y tu río no se seca porque siempre llueves, abuela.

Me gustaría mucho decirte que soy feliz y que mañana, después de misa con zapatos nuevos, iremos todos juntos a comer croquetas.





Tarde de frío

El domingo tirita
cuando se hace de noche
y sabe que su tiempo aquí se acaba.

Bicicletas de invierno
reclaman su condición de juguete de verano
y las manos en el manillar
suplican guantes a Dios.

La lluvia
se presenta en la escena
sin tarjeta de invitación.
La dejan pasar
a pesar de eso.

No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.