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"Blografía" (o los viajeros descalzos)


Los viajeros descalzos llenan los trenes en invierno,
son marionetas que vagan sin rumbo,
huyen como el hombre con miedo que incumple sus promesas.
Les atormentan las miradas y los recuerdos nocturnos y tramposos.
Su travesía intrusa por el vagón de los sueños
se esfuma cuando llueve y dejan de sonar las melodías de Hardy.
Su deseo se enfría y les escuecen las heridas,
recuerdan aquellas viejas cartas de arena
que se perdieron al cambiar de estación.
Los viajeros descalzos desconfían del tiempo,
tiran los relojes por la parte trasera de su asiento
y se pierden junto con las letras arrugadas de sus diarios.
Su desconfianza les condena a vivir presos del insomnio.
Su trayecto es un verso que confunde amistad y placer
como ocurre en los poemas que se escriben durante las calurosas noches de verano.
Los viajeros descalzos dan vueltas en un carrusel de identidades,
no aprenden a pasar página e imaginan minimundos
donde son posibles los reencuentros:
En París, en Bellecour, en Córdoba, en Bruselas,
en Nantes, en una habitación, en la Costa Azul, en noviembre,
en febrero, en agosto, en octubre...
Los viajeros descalzos recitan en voz baja
aquella antigua dedicatoria que llenó su mar de atunes,
naranjas y cinemas paradisos.

PD: Este texto es la entrada número 100 de esta guarida de náufragos que cumple hoy cinco años. Más que un relato o un poema, es un impulso.

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El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.

Mañana iremos todos juntos a comer croquetas

Estaba en Madrid. Tenía un trabajo bonito y mal pagado. Vivía rodeado de libros, de viejas y de nuevas historias. Esa tarde era un parque y primavera. Una llamada cerró el parque y nubló el cielo. No quiero escribir aquí sobre las lágrimas que recorrieron aquel trayecto de vuelta a casa. Me niego.

Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

Han pasado seis años y tu río no se seca porque siempre llueves, abuela.

Me gustaría mucho decirte que soy feliz y que mañana, después de misa con zapatos nuevos, iremos todos juntos a comer croquetas.





Tarde de frío

El domingo tirita
cuando se hace de noche
y sabe que su tiempo aquí se acaba.

Bicicletas de invierno
reclaman su condición de juguete de verano
y las manos en el manillar
suplican guantes a Dios.

La lluvia
se presenta en la escena
sin tarjeta de invitación.
La dejan pasar
a pesar de eso.

No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.