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Le retour



El día comenzó sin ser día. Cuando aún las luces no habían sido encendidas en el pequeño pueblo, el primer tren ya iniciaba su camino. Tras una espera de una hora, otro tren, ya con las luces del día dadas, arrancó hasta llegar a la capital parisina.

Allí, tras dejar las maletas en la consigna de la estación de Montparnasse, el viajero decidió visitar la casa de unos viejos conocidos. Era una gélida mañana y los cuervos revoloteaban libres y felices en aquel lugar. El resto era silencio. Silencio paradójico en la casa donde sus habitantes tan bien habían hablado antes de quedarse en el recuerdo de una lápida, en el recuerdo de sus versos, de sus obras.

Sin embargo, si agudizabas los sentidos, allí podías sentir el aroma de las flores del mal, el desorden ordenado de Rayuela o las melodías sensuales de Gainsbourg: "Je suis venu te dire que je m´en vais". Y el viajero se va, se va volando en busca de tierras más cálidas. Aunque el vuelo se hace esperar mucho, mucho, mucho.

El viajero quiere despegar ya y volar feliz, como lo hacen los cuervos durante el frío invierno de Montparnasse.

Aeropuerto de Orly, 22 de diciembre de 2007

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Trece febreros y dos días

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Trece febreros y dos días.
El invierno era entonces distinto.
Más largo,
más frío.
Yo era un joven de secano
que buscaba mensajes en el mar.
Hoy,
trece febreros y dos días después
sé que no hay guaridas para náufragos
y que no hay náufrago
que no busque,
alguna vez,
una guarida.