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Le retour



El día comenzó sin ser día. Cuando aún las luces no habían sido encendidas en el pequeño pueblo, el primer tren ya iniciaba su camino. Tras una espera de una hora, otro tren, ya con las luces del día dadas, arrancó hasta llegar a la capital parisina.

Allí, tras dejar las maletas en la consigna de la estación de Montparnasse, el viajero decidió visitar la casa de unos viejos conocidos. Era una gélida mañana y los cuervos revoloteaban libres y felices en aquel lugar. El resto era silencio. Silencio paradójico en la casa donde sus habitantes tan bien habían hablado antes de quedarse en el recuerdo de una lápida, en el recuerdo de sus versos, de sus obras.

Sin embargo, si agudizabas los sentidos, allí podías sentir el aroma de las flores del mal, el desorden ordenado de Rayuela o las melodías sensuales de Gainsbourg: "Je suis venu te dire que je m´en vais". Y el viajero se va, se va volando en busca de tierras más cálidas. Aunque el vuelo se hace esperar mucho, mucho, mucho.

El viajero quiere despegar ya y volar feliz, como lo hacen los cuervos durante el frío invierno de Montparnasse.

Aeropuerto de Orly, 22 de diciembre de 2007

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El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.

Mañana iremos todos juntos a comer croquetas

Estaba en Madrid. Tenía un trabajo bonito y mal pagado. Vivía rodeado de libros, de viejas y de nuevas historias. Esa tarde era un parque y primavera. Una llamada cerró el parque y nubló el cielo. No quiero escribir aquí sobre las lágrimas que recorrieron aquel trayecto de vuelta a casa. Me niego.

Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

Han pasado seis años y tu río no se seca porque siempre llueves, abuela.

Me gustaría mucho decirte que soy feliz y que mañana, después de misa con zapatos nuevos, iremos todos juntos a comer croquetas.





Tarde de frío

El domingo tirita
cuando se hace de noche
y sabe que su tiempo aquí se acaba.

Bicicletas de invierno
reclaman su condición de juguete de verano
y las manos en el manillar
suplican guantes a Dios.

La lluvia
se presenta en la escena
sin tarjeta de invitación.
La dejan pasar
a pesar de eso.

No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.