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Bellecour

En la maleta de él hay un par de camisas lisas, un traje gris y dos cartas sin remite que nunca se atrevió a mandar. Además, en un pequeño bolsillo, lleva un diario donde se intuye cómo puede haber sido su vida desde el día en que se cerró la puerta de aquel metro.
La maleta de ella pesa un poco más. Dos vestidos sin estrenar, la camiseta, recién planchada, que a él tanto le gustaba, una colección de zapatos y ropa interior de todos los colores. Ella no tiene diario, pero sí lleva todas las postales que un día él le regaló. La última de ellas no es una postal, sino una fotografía -impresa en sepia- de su hija jugando en la playa. El año que viene cumplirá nueve años.
Amanece una mañana de abril. No son ya los mismos que fueron, pero decidieron arriesgarse a pesar de que muchos años se empeñaron en separarlos. Es un día lluvioso. Se mojan sus sentidos. Florecen los sin sentidos.

Dejan las maletas en las habitaciones reservadas de hoteles clandestinos.

La cita es en el aeropuerto a las doce y cuarto. El destino aún no lo saben, pero no les importa.

Comentarios

1234567ycasillego ha dicho que…
que hermosa historia, dos vidas que se entrelazan por que en el fondo, necesitan lo mismo :un poco de amor para siempre.

S.
Sintagma in Blue ha dicho que…
A veces el destino es un gran regalo...
MaleNa ha dicho que…
Esta historia es bellisima.

Me encanta que me cuenten cuentos de amor.

Lo beso.
Julián Carax ha dicho que…
Un poco de amor para siempre es el gran regalo que hay que pedirle a los cuentos de amor para que el destino los convierta en realidad.

Gracias por vuestros comentarios: 1234567ycasillego, sintagma in blue, y malena.

Bissous

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Veo en un pequeño recuadro
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Brian y Marcella
y que a las nueve de este otoño
irás a beber melancolía
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cuando llueve
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Abuelo Paco

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que se marchó hace 24 años.


Siete años
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la palabra muerte.
Así que pinté
a mi abuelo en
un dibujo:
estaba rodeado
de sí mismo
y podía flotar
encima de las nubes.
Yo las pinté blancas,
sin saber
que era un día gris.
Hoy tengo ya memoria.
Puedo incluso perderla
o inventarla.
Yo recuerdo a un loco
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en la cabeza.
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cuando ya no estaba él.
Se me olvida el día
en que empecé a andar,
pero todavía sé mirar de pequeño
y levantar la cabeza
para ver personas grandes.
Yo te encuentro así, abuelo.

Trece febreros y dos días

Han pasado trece febreros.
Trece febreros y dos días.
El invierno era entonces distinto.
Más largo,
más frío.
Yo era un joven de secano
que buscaba mensajes en el mar.
Hoy,
trece febreros y dos días después
sé que no hay guaridas para náufragos
y que no hay náufrago
que no busque,
alguna vez,
una guarida.