En la maleta de él hay un par de camisas lisas, un traje gris y dos cartas sin remite que nunca se atrevió a mandar. Además, en un pequeño bolsillo, lleva un diario donde se intuye cómo puede haber sido su vida desde el día en que se cerró la puerta de aquel metro. La maleta de ella pesa un poco más. Dos vestidos sin estrenar, la camiseta, recién planchada, que a él tanto le gustaba, una colección de zapatos y ropa interior de todos los colores. Ella no tiene diario, pero sí lleva todas las postales que un día él le regaló. La última de ellas no es una postal, sino una fotografía -impresa en sepia- de su hija jugando en la playa. El año que viene cumplirá nueve años. Amanece una mañana de abril. No son ya los mismos que fueron, pero decidieron arriesgarse a pesar de que muchos años se empeñaron en separarlos. Es un día lluvioso. Se mojan sus sentidos. Florecen los sin sentidos. Dejan las maletas en las habitaciones reservadas de hoteles clandestinos. La cita es en el aeropuerto a las d...
La guarida de los náufragos ©