Hoy como todos los días he reservado el tiempo necesario para no hacer nada de nada (Raymond Carver). Quiero escribir, al menos, un poema como Raymond Carver, sentarme delante de un cuaderno a perder mi tiempo con la vanidad precisa y el deseo de que tú también pierdas parte del tuyo, lo lamentes después y lances desconsolado un grito de rabia que silencie el aullido de Alan Ginsberg. Grita de rabia por no encontrar esos versos limpios y escogidos rimados con maestría, pronunciados y leídos con delicadeza. Aquí no. Esto es un bosque enmarañado de palabras elegidas al azar por aquello que Breton vino a llamar escritura automática; una melodía desacorde, sin ritmo que nada tiene que ver con el acierto y la virtud del bueno de Ludovico. ¿O de verdad piensas que esto es algo que yo he reflexionado? No creo que llegues a ser tan iluso. No busques aquí la gran belleza, Sorrentino. No la busques. No está. Esto es un abuso de la tinta sobre el papel. Palabras que desvirgan...