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Fukushima

Quién te baña,
dónde habitas,
quién te arropa,
qué te gusta comer,
con quién sueñas.

Jamás pensamos
en preguntarte nada.

Y ahora queremos
saberlo todo.

Te buscamos en los mapas,
enviados especiales
acuden a espiarte
solo porque estás herida,
porque eres peligrosa
y radioactiva,
porque te han sacudido
la tierra y el mar

Eres el epicentro,
sin serlo.

Comentarios

Beluka ha dicho que…
Triste homenaje, pero preciosos versos, claro :)
Alfonso C. Cobo Espejo ha dicho que…
Gracias, querida náufraga gallega. Siempre alegra verte en mi guarida. ¿Cómo soplan los vientos por el norte? Bicos.
Miguel Cobo ha dicho que…
Hay otros tsunamis, ¿verdad?, con olas gigantes de indiferencia, de insolidaridad, de morbo, de interés interesado (quiero la redundancia)...La vida también es un tsunami (se lo decía a Manuel Cuesta) y el epicentro a veces está en nosotros mismos.Ora para bien, ora para mal.

Tus versos son pequeñas olas que nos llegan con sal de lágrimas asiáticas.

Un abrazo, mon fils
Alfonso C. Cobo Espejo ha dicho que…
Y lo que dices es tan cierto, papá. Tanto como que cada vez que tiembla la tierra, se acortan los días.

Aquí llueve, como si fuera un llanto amargo por los vecinos nipones.

Un abrazo.
QuietBrown ha dicho que…
Qué bueno, Alfonso, qué bonito, de verdad. Con tu permiso, me lo llevo y te enlazo en Facebook =)
Alfonso C. Cobo Espejo ha dicho que…
Gracias, Natalia. Agradezco los lazos que puedas crear. Un abrazo desde la lluviosa Hanoi.
Rodolfo Serrano ha dicho que…
"Jamás pensamos
en preguntarte nada"
Ni en saberlo, amigo. Un abrazo
Alfonso C. Cobo Espejo ha dicho que…
Efectivamente. El interés está muchas veces dormido. Por otra parte, es normal. No puede abarcarse todo. Un abrazo y gracias por pasar por mi blog.Es todo un honor, Rodolfo.

Entradas populares de este blog

Facebook

Veo en un pequeño recuadro
que ahora eres amiga de
Brian y Marcella
y que a las nueve de este otoño
irás a beber melancolía
de once grados con Luis.

Descubro que te gusta
pisar los charcos
cuando llueve
y que detestas los inviernos
en abril.

Aunque ya no hablo contigo,
conozco tu ciudad actual
y recuerdo cuál fue tu origen,
que cumples años en diciembre
y te gusta prender fuego
al calendario si te arrastra
la nostalgia en primavera.

Últimamente has viajado a Lisboa,
intuyo que te mecen los tranvías
y te seducen los viejos cafés
color sepia.
Lo sé por tu fotografía
en aquella calle de Bruselas,
donde Magritte fumaba en pipa dorada.

Sueles cambiar de cara a menudo,
me divierten tus gafas de sol
en noviembre
y disfruto con tu colección de sonrisas
o el último vestido azul
que guardas en tu perfil.

Vuelves a estar soltera,
aunque te acompañan ciento veinte
comentarios por debajo
dándote ánimos
y diciendo que él era un idiota.

Aún tiritas cuando alguien te habla
del pasado.
Por eso has borrado mi felicitación
de cumpleaños
y ha…

Abuelo Paco

En memoria de mi querido abuelo Paco,
que se marchó hace 24 años.


Siete años
y era invierno.
Yo aún no lo sabía.
Con esa edad
nadie te enseña
a escribir
la palabra muerte.
Así que pinté
a mi abuelo en
un dibujo:
estaba rodeado
de sí mismo
y podía flotar
encima de las nubes.
Yo las pinté blancas,
sin saber
que era un día gris.
Hoy tengo ya memoria.
Puedo incluso perderla
o inventarla.
Yo recuerdo a un loco
con una bolsa de supermercado
en la cabeza.
También recuerdo a otro,
a las afueras del pueblo.
Cigarro en boca,
deambula entre la carretera
y los olivares.
Todo eso fue después,
cuando ya no estaba él.
Se me olvida el día
en que empecé a andar,
pero todavía sé mirar de pequeño
y levantar la cabeza
para ver personas grandes.
Yo te encuentro así, abuelo.

Trece febreros y dos días

Han pasado trece febreros.
Trece febreros y dos días.
El invierno era entonces distinto.
Más largo,
más frío.
Yo era un joven de secano
que buscaba mensajes en el mar.
Hoy,
trece febreros y dos días después
sé que no hay guaridas para náufragos
y que no hay náufrago
que no busque,
alguna vez,
una guarida.