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Rastros de una noche o amanecer desordenado

Me gusta cuando la melodía
transmite esperanza,
y los acordes vienen acompañados
de una naranja dulce y grande;
y, aunque fuera hace frío,
el sol que entra por la ventana
se cuela por las sábanas
venciendo al hielo del balcón.

Y dentro está caliente,
está ese libro que habla de la soledad,
las figuras del roscón
con restos aún de nata
y las monedas que sobraron anoche
esparcidas por la mesa.

También está el eco
del musical vespertino
en forma de folleto,
que me recuerda tu vestido
y el movimiento incesante de piernas.

Con el cambio de canción,
me ha deslumbrado la luz,
como el foco que atravesaba
el escenario
e iluminaba a la protagonista
y te he imaginado a ti allí
diciéndome que es posible,
que tu cuerpo,
extremadamente inflamable,
también se pueda colar
entre mis sábanas.

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El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.

Mañana iremos todos juntos a comer croquetas

Estaba en Madrid. Tenía un trabajo bonito y mal pagado. Vivía rodeado de libros, de viejas y de nuevas historias. Esa tarde era un parque y primavera. Una llamada cerró el parque y nubló el cielo. No quiero escribir aquí sobre las lágrimas que recorrieron aquel trayecto de vuelta a casa. Me niego.

Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

Han pasado seis años y tu río no se seca porque siempre llueves, abuela.

Me gustaría mucho decirte que soy feliz y que mañana, después de misa con zapatos nuevos, iremos todos juntos a comer croquetas.





Tarde de frío

El domingo tirita
cuando se hace de noche
y sabe que su tiempo aquí se acaba.

Bicicletas de invierno
reclaman su condición de juguete de verano
y las manos en el manillar
suplican guantes a Dios.

La lluvia
se presenta en la escena
sin tarjeta de invitación.
La dejan pasar
a pesar de eso.

No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.