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El llanto mudo

Entró con sus padres en el vagón y se sentó en el suelo, apoyando su espalda en la puerta del metro y arropándose con su mochila. Era muy delgada y tenía aspecto enfermizo. A su lado, un fantasma. Era su padre, un hombre delgado, calvo y con numerosas manchas en su piel. Tenía una voz temblorosa e insegura. Él no tenía aspecto enfermizo; era en sí la enfermedad, la derrota,la debilidad. Ni siquiera miraba a su hija, tan sólo conversaba con su mujer. Ella representaba la dejadez. Su pelo oscuro y sucio estaba ya invadido por las primeras canas. Tampoco se dirigía a su hija. Parecía, eso sí, intentar llegar a algún tipo de acuerdo con el fantasma.

No alcancé a escuchar su conversación, pero sí me ensordeció un llanto mudo. Un llanto que perforó mis sentidos. Dos lágrimas mojaron las mejillas de la pequeña en silencio y ni el fantasma ni la dejadez lo percibieron.

Al llegar a Sol, la madre le dijo a su hija: "Dale un beso a tu padre". La niña besó al fantasma, que siguió vagando por los vagones del metro mientras ella escapaba ya por las escaleras mecánicas presa de la dejadez.

Comentarios

Miguel Cobo ha dicho que…
Realsmo mágico, no: realismo trágico. Impresionantes tu minicrónicas. A este género "origenial" denominaría "periodismo poético". ¡Qué bueno eres! (Y aunque sea tu padre, ¿qué?)

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El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.

Mañana iremos todos juntos a comer croquetas

Estaba en Madrid. Tenía un trabajo bonito y mal pagado. Vivía rodeado de libros, de viejas y de nuevas historias. Esa tarde era un parque y primavera. Una llamada cerró el parque y nubló el cielo. No quiero escribir aquí sobre las lágrimas que recorrieron aquel trayecto de vuelta a casa. Me niego.

Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

Han pasado seis años y tu río no se seca porque siempre llueves, abuela.

Me gustaría mucho decirte que soy feliz y que mañana, después de misa con zapatos nuevos, iremos todos juntos a comer croquetas.





Tarde de frío

El domingo tirita
cuando se hace de noche
y sabe que su tiempo aquí se acaba.

Bicicletas de invierno
reclaman su condición de juguete de verano
y las manos en el manillar
suplican guantes a Dios.

La lluvia
se presenta en la escena
sin tarjeta de invitación.
La dejan pasar
a pesar de eso.

No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.