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Rarezas I

El mar arrancaba con fuerza las láminas del pintor, los óleos de acuarela se llenaban de sal mientras el dibujo se difuminaba. Los pinceles intentaban dar un último toque empujados por las espumosas olas. La sonrisa de la Gioconda desapareció, El Grito se quedó callado, y más tarde, encallado; se perdieron los últimos restos de la Última Cena, los apóstoles se aferraban a cualquier hilo de vida para no perecer ahogados (al parecer, sólo Judas se salvó). Volaba el tiempo, volaba, los relojes de Dalí se perdían en las profundidades. La mar coloreada se calmó poco a poco. Al día siguiente, ella se desmayó en la orilla de la pinacoteca. Tenía una carta en la mano que decía: no puedo besarte, no puedo abrazarte, ni mirarte, ni tampoco tocarte.

Mientras, en el kiosko de la esquina, el periódico de la mañana decía en primera plana: "Las principales obras de arte desaparecen en las profundidades del océano Pacífico"

Comentarios

El ratón entre limones ha dicho que…
Que alto está el cielo, que lejos y que cerca están las nubes, parece que puedas tocarlas y sin embargo escapan y se deshacen...

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El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.

Mañana iremos todos juntos a comer croquetas

Estaba en Madrid. Tenía un trabajo bonito y mal pagado. Vivía rodeado de libros, de viejas y de nuevas historias. Esa tarde era un parque y primavera. Una llamada cerró el parque y nubló el cielo. No quiero escribir aquí sobre las lágrimas que recorrieron aquel trayecto de vuelta a casa. Me niego.

Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

Han pasado seis años y tu río no se seca porque siempre llueves, abuela.

Me gustaría mucho decirte que soy feliz y que mañana, después de misa con zapatos nuevos, iremos todos juntos a comer croquetas.





Tarde de frío

El domingo tirita
cuando se hace de noche
y sabe que su tiempo aquí se acaba.

Bicicletas de invierno
reclaman su condición de juguete de verano
y las manos en el manillar
suplican guantes a Dios.

La lluvia
se presenta en la escena
sin tarjeta de invitación.
La dejan pasar
a pesar de eso.

No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.