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En los tejados


Esta noche tocaba subirse a las alturas. Tras cuatro meses en Lyon, nunca me había parado a pensar que es posible convertirse en un felino más y merodear por los tejados. Y, por qué no, saltar de casa en casa como el desollinador de Mary Poppins. Si subes a la parte alta del monte de la Croix Rousse puedes ver siete ventanas, rodeadas de chimeneas y tejas, puedes ver también un río (el Saone). Si te fijas un poco más detenidamente puedes ver a un joven que decidió probar una aventura que se tornó en realidad allá por el mes de septiembre. Amanece cada día y ve el cielo, unas veces azul, otras gris; unas veces escucha caer el sonido de la lluvia como si el diluvio universal pidiese una segunda oportunidad y, a veces, por sorpresa, se despierta vestido de blanco. Y cuando anochece, las estrellas se empeñan en secuestrar a la oscuridad, hasta que ésta escapa del cauitiverio y el joven cierra los ojos. Después, sueña... Y dentro del sueño, el joven estudiante erasmus puede ver tantas cosas a través de esas siete ventanas: descubre países, viaja, aprende nuevos idiomas y otras formas de vida, se desprende de estereotipos, se equivoca, acierta, duda... Además, una de esas siete ventanas también le sirve para ver a la gente que ha dejado atrás por una temporada y que tanto le ha servido, sirve y servirá.
Todo esto puede pasar por la cabeza de uno cuando vives tan cerca de las nubes, cuando vives en los tejados...

Comentarios

El ratón entre limones ha dicho que…
Que alto está el cielo, que lejos y que cerca están las nubes, parece que puedas tocarlas y sin embargo escapan y se deshacen...
El ratón entre limones ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
mikesmith29025014 ha dicho que…
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El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.

Mañana iremos todos juntos a comer croquetas

Estaba en Madrid. Tenía un trabajo bonito y mal pagado. Vivía rodeado de libros, de viejas y de nuevas historias. Esa tarde era un parque y primavera. Una llamada cerró el parque y nubló el cielo. No quiero escribir aquí sobre las lágrimas que recorrieron aquel trayecto de vuelta a casa. Me niego.

Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

Han pasado seis años y tu río no se seca porque siempre llueves, abuela.

Me gustaría mucho decirte que soy feliz y que mañana, después de misa con zapatos nuevos, iremos todos juntos a comer croquetas.





Tarde de frío

El domingo tirita
cuando se hace de noche
y sabe que su tiempo aquí se acaba.

Bicicletas de invierno
reclaman su condición de juguete de verano
y las manos en el manillar
suplican guantes a Dios.

La lluvia
se presenta en la escena
sin tarjeta de invitación.
La dejan pasar
a pesar de eso.

No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.