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Un gesto de amor

De vez en cuando, se encuentran restos en las orillas de estos mares. Encontré este mensaje dentro de una botella:

En mi ropa, en la manta, en el sofá hay pelos
tuyos, que se enredan sigilosos, atándome los pies, desatando los recuerdos.
Los rastreo y recojo,
y los he ido anudando
uno por uno, para hacerte un collar
que me sirva, de paso, como soga.
Lo ataré de noche en la bombilla del salón,
subiré a una silla, y después
de meter la cabeza y proferir
las palabras de sobra conocidas,
daré una leve patada, y veré entonces
si son débiles los lazos de nuestro amor.

Comentarios

Paula ha dicho que…
Prueba ¿Se puede escribir sin ser socio?
Pau ha dicho que…
(Vale, ya veo que si que se puede escribir)

No se porqué, hoy me he acordado de esta poesía.La leí hace un montón (pero la tira, unos cuantos años) en algún periódico (en el país semanal o el de las tentaciones, o algo así). Pero yo la recordaba algo distinta (aunque, claro, mi memoria no da para tanto,y probablemente es que yo la recuerdo mal)

Lo que yo tengo en la cabeza es(cambia solo la última parte):

En mi ropa, en la manta, en el sofá hay pelos
tuyos, que se enredan sigilosos, atándome los pies, desatando los recuerdos.
Los rastreo y recojo,
y los he ido anudando
uno por uno, para hacerte un collar
que me sirva, de paso, como soga.
Una noche cualquiera
lo ataré a la bombilla del salón,
subiré a una silla, y tras proferir
las palabras de sobra conocidas,
daré una leve patada, y veré entonces
si son fuertes los lazos que unen nuestro amor.


Tiene algo misterioso, triste y "acabado" que me encanta... poesiá

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El poeta puede

El poeta puede ver el beso
medio lleno o medio vacío
El poeta lima
El poeta lame
El poeta no tiene lema
El poeta le busca todas las vueltas a Roma
rema que te rema
rima que te rima
de ramo en ramo
El poeta puede volar por los aires
y estrellarse en el cielo.
Acaso entonces se da cuenta:
su poema ha llegado a su ocaso.

Mañana iremos todos juntos a comer croquetas

Estaba en Madrid. Tenía un trabajo bonito y mal pagado. Vivía rodeado de libros, de viejas y de nuevas historias. Esa tarde era un parque y primavera. Una llamada cerró el parque y nubló el cielo. No quiero escribir aquí sobre las lágrimas que recorrieron aquel trayecto de vuelta a casa. Me niego.

Yo escribo aquí sobre el río de generosidad que se desbordaba siempre a tu paso. Me gustaría hablar también de la lluvia. En tu casa diluviaban besos. Yo he crecido regado por tu cariño y tu alegría.

Han pasado seis años y tu río no se seca porque siempre llueves, abuela.

Me gustaría mucho decirte que soy feliz y que mañana, después de misa con zapatos nuevos, iremos todos juntos a comer croquetas.





Tarde de frío

El domingo tirita
cuando se hace de noche
y sabe que su tiempo aquí se acaba.

Bicicletas de invierno
reclaman su condición de juguete de verano
y las manos en el manillar
suplican guantes a Dios.

La lluvia
se presenta en la escena
sin tarjeta de invitación.
La dejan pasar
a pesar de eso.

No hay manual para calles mojadas
cansadas de asfalto
ni instrucciones para sortear
charcos.

Pedales y frenos.
Luces.
Intermitentes.

Algún día el viento
te dirá algo.