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Mostrando las entradas etiquetadas como Vías y andenes

Raíces y raíles

Dejo atrás mis raíces para irme lejos: las caricias de una madre, el abrazo de un padre, las voces aún cercanas de mi hermana, de mis abuelos... Dejo atrás mis raíces por los túneles del tren, que despide olivares a gran velocidad mientras mi tierra atardece y me dibuja un hasta pronto entre raíles.

En lo oscuro

Ya no es tan valiente el viento, aunque llegan aromas de aire fresco. Oigo de fondo el ruido de trenes, de maletas y de flechas. Siento de nuevo el miedo como el cuello que aprieta una corbata. Pero también escucho la música, las melodías de amigos de diversas geografías. Guardo en mi memoria todas vuestras caras en lo oscuro de esta madrugada

Ave Mar

Por el mar de olivos de Machado navegan aves a gran velocidad. Son aves sin alas, que vuelan a ras de suelo. Son ligeras, aunque su carga es pesada. Transportan sueños, miedos e ilusiones de seres blancos, negros y amarillos por el mar de olivos de Machado.

Miradas

Se encuentran en las estaciones, en las colas del cine, en los bares con música, en los días de lluvia, en las aceras estrechas, en los túneles del metro, en las escaleras mecánicas, en las puertas de embarque... Después, se pierden.

Tren destino Nantes

Se subió en Ancenis. Tenía esa cara infantil que tienen algunas chicas francesas. El cabello largo, frondoso; los ojos grandes, bien abiertos (hasta que decidió dormirse); sus labios eran gruesos, carnosos. Pedían a gritos ser besados. Sin duda, mi "Eva Green" iba en aquel vagón. Terminó de seducirme al abrir su boca para contestar una llamada telefónica. Sus paletas estaban levemente separadas. Era eso lo que la hacía aún más atractiva, su pequeña imperfección. Creo que nos cruzamos alguna mirada esquiva. Sí, de esas que se producen entre dos desconocidos. La perdí de vista cuando una nube de gente se levantó para recoger su equipaje. Habíamos llegado a Nantes

Hipótesis sobre un ramo de flores

Hay un ramo de flores en las vías del metro de Cuzco. Permanece intacto desde hace unas dos semanas, ajeno a las idas y venidas. Son varias las hipótesis que se barajan en torno a él. Entre el murmullo de la gente, escucho a un joven decir: "el asunto está muy claro. Se trata de un suicida enamorado o de un enamorado suicida".

De la madriguera

No entiendo su idioma, pero sus gestos lo dicen todo. Ha de estar muy enojada con su hijo. Se miran con desprecio, se echan en cara algo. No sé qué. El hijo, con un flequillo que le tapa casi por completo sus ojos rasgados, inicia un monólogo que nunca termina en diálogo. Él lleva una una enorme bolsa gris -no se puede ver lo que hay en su interior-. Ella lleva una carpeta y una libreta entre los brazos. Murmullos efímeros. Tengan cuidado. Pueden caerse entre coche y andén. -¿Me acompañas al médico? -Sí, claro. Pero después ven tú conmigo a esa tienda que está enfrente del kiosco de prensa de Callao. Les informamos que por una avería el servicio no se reestablecerá hasta dentro 5 ó 10 minutos. -Siempre igual ehh. No saben cómo jodernos ya. Nos despertamos a las seis de la mañana para ir a trabajar y sólo queremos llegar a casa a estas horas. -¡Pero ya corre, levántate! ¡Que nos la saltamos! ¡Es nuestra parada! Risas que se pierden. Tengan cuidado. Pueden caerse entre coche y andén. Una...

Bellecour

En la maleta de él hay un par de camisas lisas, un traje gris y dos cartas sin remite que nunca se atrevió a mandar. Además, en un pequeño bolsillo, lleva un diario donde se intuye cómo puede haber sido su vida desde el día en que se cerró la puerta de aquel metro. La maleta de ella pesa un poco más. Dos vestidos sin estrenar, la camiseta, recién planchada, que a él tanto le gustaba, una colección de zapatos y ropa interior de todos los colores. Ella no tiene diario, pero sí lleva todas las postales que un día él le regaló. La última de ellas no es una postal, sino una fotografía -impresa en sepia- de su hija jugando en la playa. El año que viene cumplirá nueve años. Amanece una mañana de abril. No son ya los mismos que fueron, pero decidieron arriesgarse a pesar de que muchos años se empeñaron en separarlos. Es un día lluvioso. Se mojan sus sentidos. Florecen los sin sentidos. Dejan las maletas en las habitaciones reservadas de hoteles clandestinos. La cita es en el aeropuerto a las d...

Viajeros al tren

Otro año que se va, pero muchas estaciones aún a las que llegar.

La espera

¿Quién es la misteriosa muchacha de rojo? ¿A quién aguarda en la vieja estación cubierta de agua? En ese andén ya no se detendrá el tren que esperaba. Y ahora, quizás no llegue la persona que deseaba ver. Pero ella está allí, en una de las vías, con su paraguas azul y blanco. No pierde la esperanza de que la vieja locomotora resista y llegue un vagón con la respuesta a sus anhelos. Ni la mayor de las tempestades la moverá de ese andén. Piensa que quien espera y tiene paciencia, obtiene su recompensa. Entre las aguas, entre las vías, su corazón late vivo. Puede que lleve razón.

Viaje en metro

Si llueve, encontrarás a dos marroquíes que juntan en una sola sílaba "un paraguas, dos euros". Si tienes frío en los pies, verás a un chino que tiene un puñado de calcetines: tres pares, cinco euros. Si quieres escuchar la música de un acordeón, verás a un rumano que sonríe sin risa. Si buscas la última película de Scorsese, un malí que vino en patera, te ofrece un top manta con todos los infiltrados. Si tienes sueño, duérmete. Cuando despiertes, si tienes sueño, vuélvete a dormir, que aún queda tiempo para llegar a casa.

Viaje por la Costa Azul

Ella entró acompañada y se sentó con su amigo más fiel. Tras acomodarse en el tren, empezó a leer un libro. Mientras, por la ventana, la Costa Azul se despedía a nuestros pies tras unos días disfrutando de su ambiente casi veraniego. Fue entonces cuando yo empecé a pensar en la suerte que tenía de disfrutar de ese paisaje con toda su intensidad: con la vista, con el olfato, con el tacto. Cómo sentiría ella un día de playa, un paseo al anochecer por el Viejo Puerto de Marsella. Cómo sentiría ella una visita al paraíso perdido de Les Calanques, en lo más profundo de la naturaleza marsellesa. Sí, me preguntaba cómo dibujaría ella en su mente todas esas cosas y, al ver su cara de felicidad, sabía que podía sentir casi como yo las cascadas en el parque de Niza, el susurro de las olas en sus playas repletas de piedras, el murmullo de la gente en las calles del Vieux Nice, los besos escondidos de dos enamorados. Ella podía oler el pescado fresco del mercado o saborear un helado tras un almuer...