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Tren destino Nantes


Se subió en Ancenis. Tenía esa cara infantil que tienen algunas chicas francesas. El cabello largo, frondoso; los ojos grandes, bien abiertos (hasta que decidió dormirse); sus labios eran gruesos, carnosos. Pedían a gritos ser besados. Sin duda, mi "Eva Green" iba en aquel vagón. Terminó de seducirme al abrir su boca para contestar una llamada telefónica. Sus paletas estaban levemente separadas. Era eso lo que la hacía aún más atractiva, su pequeña imperfección. Creo que nos cruzamos alguna mirada esquiva. Sí, de esas que se producen entre dos desconocidos. La perdí de vista cuando una nube de gente se levantó para recoger su equipaje. Habíamos llegado a Nantes

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Trece febreros y dos días

Han pasado trece febreros. Trece febreros y dos días. El invierno era entonces distinto. Más largo, más frío. Yo era un joven de secano que buscaba mensajes en el mar. Hoy, trece febreros y dos días después sé que no hay guaridas para náufragos y que no hay náufrago que no busque, alguna vez, una guarida.

El poeta puede

El poeta puede ver el beso medio lleno o medio vacío El poeta lima El poeta lame El poeta no tiene lema El poeta le busca todas las vueltas a Roma rema que te rema rima que te rima de ramo en ramo El poeta puede volar por los aires y estrellarse en el cielo. Acaso entonces se da cuenta: su poema ha llegado a su ocaso.

Receta para un poema

Un domingo nublado, que sea febrero y tú estés lejos. Tres canciones de Norah Jones, con el volumen no muy alto, para que sepa a complicidad. Una cucharada de invierno, pero pequeña. Tus dos fotos preferidas y una pizca de melancolía. Remover todo suavemente en una cama. Y calentar, calentar a fuego lento debajo de las sábanas. Puede que veinte minutos basten, eso ya depende del gusto de cada cual. Luego, si te apetece, añadir recuerdos con sal y pasear por el Retiro. Importante: no mezclar con alcohol ni humo.