He empezado con los huesos de tu espalda, y una blusa transparente que aprendo a desabrochar a cámara lenta, con una sola mano. Los otros cinco dedos se pierden en tu pelo y alrededores. Al mismo tiempo, mi boca convence a la tuya de que besarnos es un acierto. Tu cuello asiente, tu lengua actúa. Entonces, te recorro y en tu cuerpo estalla una tormenta: rayos, truenos, ¡primavera! Tus manos, muy celosas de las mías, viajan en ascensor arrasando a su paso cremalleras y botones. Al final, tú y yo desnudos en un espacio de libre circulación, riéndonos de las fronteras y del parte meteorológico.